
Antonio Lao
10.000 pacientes más en la lista de espera de Almería
Comunicación (Im)pertinente
Aunque odiosas, las comparaciones a veces resultan muy esclarecedoras. En los fríos andenes de Hendaya se encontraron Adolf Hitler y Francisco Franco, en una especie de jubileo fascista. El NO-DO, la voz cinematográfica del Régimen, repitió hasta la extenuación las imágenes del saludo entre ambos dictadores, aparentemente alborozados por conocerse en persona. Más tarde, sobre todo tras el calamitoso desenlace de la II Guerra Mundial para los nazis y sus aliados, la propaganda fascista convirtió aquel episodio en una hazaña diplomática. Se repitió hasta la saciedad que el Caudillo había sido capaz de poner firmes a los alemanes para mantener a España fuera de la contienda bélica. Como testimonio de su apoyo a la causa nazi, eso sí, quedó la División Azul que terminó trinchada en el frente oriental a manos del Ejército Rojo soviético. Décadas después se supo algo más. La cosa fue menos cordial, por testimonios directos recogidos más tarde. Franco le pareció al Führer un tipo insignificante y ridículo, en el que no se podía depositar confianza alguna. De hecho, la División Azul fue relegada a las peores encomiendas, fruto de la radical desconfianza que inspiraba en los militares alemanes. A pesar de ello, en momento alguno la diplomacia nazi vilipendió públicamente ni a España ni a los españoles. Hitler no impuso sanción alguna porque, a fin de cuentas, desastrado y lamentable, Franco no dejaba de ser uno de sus aliados. Trump ha ido un paso más allá. En las últimas semanas, los miembros de su gobierno ya habían humillado en público a los europeos, a coro y sin miramientos. Ahora se lanza a una guerra desbocada de aranceles, para provocar un terremoto económico sin precedentes en la era moderna. Los europeos, sus socios más fieles, están entre los grandes damnificados de semejante ocurrencia. En su megalomanía patológica Trump parece empeñado en ejercer de Saturno futurista, devorando, no a sus hijos, pero sí a sus amigos. Todo esto lo hace henchido de un patriotismo que se exhibe ufano y orgulloso. En España, los albaceas del patriotismo, Abascal y los suyos, se han alineado con el amo Trump. No se solidarizan ni con los empresarios ni con los obreros españoles, con un país al que le toca reaccionar en bloque, como un todo compacto. Desentenderse de los compatriotas no deja de ser una forma peculiar de patriotismo. La sintonía internacional de la postura de Abascal también inquieta. No toda la extrema derecha europea acepta sin más la brutalidad trumpista. Meloni ha criticado abiertamente la medida y ha propuesto renegociarla, desde el primer momento. Abascal se ha alineado con Orban, el primer ministro húngaro que abandona el Tribunal Internacional de Derechos Humanos en solidaridad con Netanyahu, el estadista actual con un perfil más próximo al de Hitler. No deja de ser macabro y patético: los sionistas se abrazan con los nacionalistas húngaros que condujeron a sus abuelos a los campos de exterminio y aplauden juntos a Trump.
También te puede interesar
Lo último