En tierras del Dios Indalo

24 de octubre 2020 - 02:30

Hoy era un día gris, como cualquiera otro de un mes de octubre: gris, pesado y triste, un día sin pájaros, y sin sol. No sabía a ciencia cierta qué era lo que más le inquietaba, si el presente o el futuro. Eran momentos difíciles, imprevisibles, y llenos de inquietudes. Más o menos, ellos tenían resuelta su vida, habían trabajado duro durante años, y ahora podían disfrutar de cierto confort y estabilidad económica, pero los demás? Sus hijos, con más de treinta años apenas habían cotizado a la Seguridad Social, y solo habían tenido contratos temporales a tiempo parcial, igual que la mayoría de sus amigos. Intuía que vivirían un otoño inusual, algo así como "un otoño caliente". Se habían sentido tan seguros siempre!, quién hubiese sospechado que algo tan pequeño volvería el mundo del revés en apenas unos meses?. Europa, la que hacía gala de haber conseguido las mayores cotas de libertad, bienestar y salud para sus ciudadanos en toda la historia de la humanidad, abocada a la tragedia del desempleo y la miseria, en una crisis sanitaria y económica sin precedentes, y con los peores augurios a corto plazo. Este territorio otrora tan castigado tras ser azotado por dos guerras mundiales en un mismo siglo, y que dejaron un rastro letal que perduró durante décadas, hoy parecía caminar irremisiblemente hacia la desesperanza, abriéndose un abismo insondable ante él, y eso no le entristecía tanto por él, cuyo libro vital casi estaba escrito, sino por las generaciones que venían detrás. Hoy tenía plena conciencia de que en esta ocasión sí que iba a ser un otoño caliente, caliente y decisivo a la vez. Asomó su rostro cansado y enjuto por la ventana de la cocina, y vio las calles casi vacías, personas que se movían a paso acelerado, comercios cerrados, y cafeterías silenciosas, como si un fantasma hubiese espantado a sus parroquianos. Por un momento le encogió el corazón una pena indescifrable, un rictus triste asomó a su cara: nada sería igual que antes, no volverían los pájaros, ni la brisa dulce del otoño, antes de que asomaran os primeros fríos. Debajo, el jardín parecía acompañarle en su desazón, las hojas de los plátanos orientales empezaban a amarillear, y caían suavemente al ritmo del movimiento de sus ramas, sacudidas por las primeras gotas de lluvia fina que comenzaba a derramarse sobre la ciudad. Cogió la taza de café entre sus manos, con el ánimo de calentarlas antes de cerrar la ventana, lo último que deseaba era coger un catarro. Y fue entonces, en ese preciso momento, cuando lo vio allí, en el horizonte, magnífico como un dios ancestral. Aquel dios Indalo, cuyos inmensos brazos se abrieron de una punta hasta la otra, como queriendo abrazar la tierra y el mar a la vez, fue dibujando en el cielo un arco luminoso que contenía todos los colores imaginables, al ser traspasadas por el sol las finas gotas de lluvia, que apenas podían alcanzar el suelo por su propia levedad. Fue todo uno, el sol comenzó a brillar con fuerza, mientras en el lado opuesto el arco iris iba desdibujándose lentamente, y los pájaros, que habían presenciado la lluvia en un riguroso silencio monacal, refugiados entre las ramas del pino centenario que presidía la entrada de la casa, estallaron en un trino alborozado, llenando el límpido aire con aroma a hierba y tierra mojada, y de una alegría contagiosa. Un timbrazo en la puerta y unos gritos infantiles le despertaron: abuelo, ya hemos estamos aquí!

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