
Antonio Lao
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Canta Roberto Carlos: “Será que lo que a mí me gusta es ilegal, es inmoral o engorda”. Suele decirse asimismo, con una ligera variación, que también pecado. Y este no solo denota la transgresión consciente -importa la precisión- de un precepto religioso, sino yerros, excesos, defectos e incorrecciones de distinta naturaleza, pues la acción de pecar se refriere igualmente a infracciones morales. En materia religiosa, de los pecados importa su naturaleza, ya que tienen fácil remisión los veniales y requieren mayor contrición los pecados capitales, inductores de muchos otros pecados y que, a finales del siglo VI, se resumieron o simplificaron en siete: envidia, soberbia, avaricia, gula, lujuria, pereza, envidia e ira. En cualquier caso, veniales o capitales, no puede soslayarse la inclinación humana a pecar, puesto que, como se reconoce en la canción de Roberto Carlos, produce gusto o deleite, incluso sin necesidad de tentaciones diabólicas. Acaso en el elenco de los pecados capitales haya que revisar la entidad de la pereza porque, en ocasiones, puede resultar hasta virtuosa. Pero la magnitud pecaminosa de la envidia ofrece menos dudas, ya que el deseo de lo que otros tienen -si así puede resumirse la envidia- activa las mismas zonas del encéfalo que en el caso del dolor físico. Luego la envidia es cerebralmente dolorosa, aunque quiera señalarse la alternativa, y contraria, posibilidad de una envidia sana. Más bien disimulada o “correcta”, por trasladar el objeto de la envidia. Esto es, no se dirige a las personas que han logrado lo que el envidioso malsano codicia, de manera que el mal ajeno le regocije, sino que se aplica a lo que otro posee y se anhela, para que estimule superar a quien parece envidiarse sin perversa intención. En suma, la envidia maliciosa busca el daño del “envidiado” y la benigna puede hacer admirable a este último, con pensamientos positivos y acciones de emulación por quien, dígase así, envidia bien. El acto de contrición, como el pecado, tampoco tiene solo un carácter religioso, pues la contrición atañe al arrepentimiento de una culpa cometida y no está lejos del remordimiento y del pesar. Por tanto, aplicado a ello el envidioso malsano, tal vez enmiende su dolorosa malicia -sentir el mal buscando el de otro- y dé con la benigna disposición de tomar ejemplo. Una revisión de la envidia, al cabo, que libre del tormento, de la aquiniana “tristeza del bien ajeno”; o que lleve a provocarla con estimulante imitación.
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