
Antonio Lao
10.000 pacientes más en la lista de espera de Almería
Opinión
Si los mítines fueran desapareciendo y quedaran como algo residual en las campañas electorales para que acudieran los más cafeteros, como se dice ahora, esos convencidos que suscriben todo lo que llegan a decir sus líderes, sería una magnífica señal de que el país asciende de categoría sin jugar la promoción. Pero resulta que cada vez hay más porque cualquier evento, ya sea la comparecencia de algún dirigente (que no admite preguntas), la presentación de un libro o la celebración de un congreso se convierte en un mitin, con el propósito de darlo luego en los telediarios a ver si el personal se envenena un poco. Las tertulias, sobre todo las televisivas, degeneran en mítines de los de un bando contra los del otro, que ya los sientan enfrentados, y en muchas ocasiones, mientras uno interviene, los restantes, en lugar de escucharle, están pergeñando lo que van a decir en cuanto tengan ocasión. Eso si no miran sus móviles, ajenos a lo que allí sucede o para preparar su próxima intervención. El otro día una periodista ya veterana (no era como esos ‘analistas’ de tres al cuarto que vociferan mucho y saben de todo), manifestó que lo que había dicho María Jesús Montero sobre la presunción de inocencia, pues bueno, lo había soltado en un mitin, como justificando que ahí se puede gritar cualquier barbaridad. Otros han dicho que se le calentó la boca, como les suele pasar a los que intervienen en esos saraos (podrían llevarse una bolsa de cubitos de hielo para chuparlos mientras pontifican), y algunos de sus compañeros creen que si esta mujer sufre patinazos de ese calibre es porque lleva muchas cosas a la vez (Pedro, ¿por qué no le das una semanita de vacaciones, que al mismo tiempo sería un buen descanso para todos nosotros?). Pero creo que eso son excusas. A esta señora le va esa marcha, es la reina de los mítines y disfruta cuando le colocan el atril y el micro. Y mientras sus arengas no salgan de lo doméstico... Quiero decir que menos mal que no lleva la cartera de Exteriores, porque tal como está el patio internacional (el nacional está mal, ¡pero el otro!…), cualquier soflama contra Trump, contra Putin o contra los dos, amenazándoles con el dedo índice, podría adelantar la Tercera Guerra Mundial. Ha tardado 72 horas en disculparse por lo de la presunción de inocencia. Pero un misil lanzado desde Moscú emplea sólo 5 minutos en llegar a España. Demasiada diferencia.
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