
Vía Augusta
Alberto Grimaldi
Insostenible
Reflejos
Don Diego de Saavedra Fajardo (1584-1648) fue un escritor y diplomático español. Como representante de la Monarquía hispánica estuvo defendiendo sus intereses, para buscar una salida pacífica a la guerra de los Treinta Años. En su libro “Locuras de Europa” va narrando sus impresiones sobre las relaciones entre los embajadores, y su visión de las naciones europeas, desde una perspectiva pacifista, denunciando las palabras vacías, la pérdida de riqueza acarreada por los conflictos. Abogaba por el diálogo como opción preferible a la guerra, pues al final perderían todos, tanto los vencedores como derrotados.
Europa siguió, a partir de la paz de Wesfalia, 1648, jugando en un entramado de relaciones de interés, conflictos y alianzas, resueltos con un nuevo tratado. Las tensiones se acumulaban continuamente, el resquemor de los perdedores aumentaba, los reinos poderosos abusaban de su soberbia. Y así fue hasta el siglo XX.
Por intereses de rencores pasados, prestigio, económicos y geoestratégicos, se iniciaban conflictos. Era como un juego de mesa en el que disponían en su tablero de soldaditos, dispuestos a servir de carne de cañón, ilusionados por una propaganda que los incitaban a odiar a su vecino, al enemigo que mañana pasaría a ser su aliado contra el ahora amigo. Todo era estrategia, juego de prestigio, ganancias para los poderosos, mientras, el pueblo nutría las filas de los ejércitos, pagando con sus impuestos los gastos derivados.
En el siglo XX Europa entró en un periodo de autocombustión total, con la Primera y Segunda Guerra mundiales. Al final fue la gran perdedora, siendo repartidas sus ganancias entre la Unión Soviética y USA, principalmente la última, utilizando a la otra potencia ganadora para justificar su dominio. Europa fue repartida entre ambos Estados, siendo la parte occidental aquella que correspondió a la influencia de los Estados Unidos. Esta parte del continente gozó de varios decenios de prosperidad, siendo protegida por la fuerza militar americana. Constituía el ejemplo de la bondad del capitalismo frente al comunismo internacional. Pequeñas guerras en el territorio extraeuropeo escenificaban su disputa. Ahora parece haberse iniciado una nueva partida en el tablero bélico europeo. Se habla de guerra como si nada, cuando hace tiempo olvidaron el diálogo, y encuentro, para buscar una solución satisfactoria para todos. La diferencia es que Europa ya no es útil a las naciones hegemónicas, no les interesa, y en todo caso ha pasado a ser un peón más en sus disputas. Europa sigue inmersa en sus locuras.
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