La horrible ciudad moderna

27 de marzo 2025 - 03:07

Tras la demonización que Adolf Loos hizo de la moldura y del discurso del clasicismo, se allanó el camino para que, en los años veinte, eclosionara una forma diferente de entender el arte edificatorio, primero con Gropius y su Bauhaus y después con figuras tan relevantes como Le Corbusier o Mies van der Rohe. El denominado Movimiento Moderno alumbró una estética de planos limpios y abstracta geometría, que propugnó una libertad compositiva plena, tanto en planta como en fachada, sin los conceptos y elementos de la gran arquitectura clásica del pasado, como la simetría o las proporciones y particiones emanadas de los órdenes. La teoría era fabulosa, ciertamente, y en manos de creadores como los mencionados se levantaron edificios muy bellos e icónicos. Pero, en cambio, la expansión de este estilo propició ciudades de omnipresente feísmo, de millones de edificios vulgares, infectos y horribles. Nunca antes había sucedido algo así en la historia de la arquitectura occidental. La explicación hay que buscarla en las propias características del estilo moderno, que persigue, junto a la libertad compositiva absoluta y la sumisión a la funcionalidad, una esencia y purezas abstractas antes desconocidas. Estos ingredientes necesitan siempre elevadas dotes por parte del arquitecto diseñador, cosa que rara vez sucede. Era, y es, imposible tener a un Le Corbusier para diseñar todos y cada uno de los edificios que se han levantado con fe en el altar de la modernidad. Una arquitectura que, además, aún en el caso de ser brillante, necesita un costoso y permanente mantenimiento para garantizar la pureza y limpieza de sus planos, líneas y volúmenes. Es un estilo que tiene en lo estético, por tanto, un mal envejecer. No sucede todo ello con la arquitectura clásica, que perduró en la historia -excepción hecha del periodo gótico- desde la antigüedad grecorromana hasta principios del siglo XX. Los órdenes y la ornamentación de ellos derivada son un invento extraordinario; un lenguaje universal fácil de dominar por el conjunto de la sociedad y que otorga un bello deterioro a los edificios, por el juego de compartimentaciones de las molduras y la fragmentación de sus decoraciones. Ello explica que la arquitectura popular adoptara sus soluciones de una forma natural y las aplicara más o menos simplificadas dependiendo de los costos. En el pasado, la belleza perdurable en toda construcción era una garantía sin necesidad de un arquitecto diseñador, desde el principio y hasta el final de sus días.

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