Raúl Montoro Rodríguez

Greta y otra chica

Otro punto de vista

No se trata de ser apocalípticos, pero sí conscientes de que no vamos por buen camino

28 de septiembre 2019 - 02:31

Dos niñas. Ambas, posiblemente, víctimas involuntarias del actuar de sus mayores, de la distorsión entre lo que deberían ver y vivir, y lo que, por desgracia, no viven, pero sí ven, y sufren. La primera es Greta Thunberg, la sueca más famosa desde el grupo Abba. A propósito, o no, buscado o encontrado por casualidad, esta adolescente está abanderando de modo muy particular la lucha contra el cambio climático, la pasiva y repugnante actitud de los países de este planeta -con sus dirigentes a la cabeza- frente al exterminio consciente y tenaz de nuestra especie. Sí, aniquilación humana, porque la desidia e indiferencia que estamos teniendo todos frente a la destrucción de los recursos naturales de los que depende nuestra existencia nos lleva irremediablemente a eso, a nuestro fin, y somos tan estúpidos que nos da igual. Propio de la condición humana, se tacha a esta joven de oportunista, sobreactuada o interesada. Pudiera serlo, pero, aun así, hace falta que alguien denuncie la apatía e indolencia frente al terrorismo medioambiental que perpetramos ¿Y tiene que ser una niña? No, pero serlo es un síntoma evidente de la incompetencia, desidia y necedad de los adultos.

La otra chica es anónima, aunque conocida por culpa de la brutal paliza que recibió esta semana en la puerta de un colegio madrileño por otras dos alumnas, mientras el resto de los compañeros se limitaban a grabarla en video para después, como sucedió, subirlo a las redes sociales. Empatizando, o analizando esta atrocidad como el común de los mortales (eso espero), me niego a pensar y aceptar que ésta sea la tan laureada modernidad que se nos vendía, o que sea el futuro que nos depara la "nueva era" de la digitalización sin control, incluyendo a nuestros hijos, y que debamos aceptarla sin más, complacidos -con anteojeras- sin criticar el horror que provoca en lo material -devorando los recursos naturales-, y también en lo personal -destruyendo la moral que nos define. No pueden educarse las nuevas generaciones desconociendo lo que significa el respeto, a sí mismo y los demás; sin que se les impongan límites, a causa de la errónea idea de la "absoluta comprensión"; sin que conozcan el valor del esfuerzo, ni el precio de las cosas, o el coste de perderlas. No se trata de ser apocalípticos, pero sí conscientes de que no vamos por buen camino. El pasado no es tan malo, ni tan piadosa la modernidad.

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