Deal

Quien la vende al demonio es capaz de deshacerse de cualquier cosa. No hay escrúpulos

05 de agosto 2023 - 00:00

Mi padre vendado de costado completo. Aun medio tieso, se empeñaba en acompañarme, si por él fuera al fin del mundo… Una puesta de sol me sirvió de plan inminente para que por una vez no me antepusiera, salirme de la foto y permaneciera, allí, sentado, tranquilo perdido en el horizonte. Yo apenas discernía entre el azul del cielo y el del mar, ciega como quince años atrás solo apreciaba que se unían. Intuía que, en algún punto más allá, se fusionaban en uno. Se repetían idénticas premisas. Los mismos protagonistas, pero en otro momento. Corrigiendo arrugas, pecho más caído gritando pasar por las manos de Jaime, con visión reducida. La miopía había ascendido a uno y medio. Estrés y ansiolíticos un cóctel molotov para que mi diminuto cuerpo empezara a resentirse. No estaba nerviosa, nunca me pongo nerviosa. Soy nerviosa de por sí, no tengo que ponerme. Es una seña de identidad, va en el pack. Ser amable hace que consigas dádivas no cuantificables en efectivo. Acudí sin hora, solo mi sonrisa y mi aquél me harían darme media vuelta con lo puesto o invitarme a esperar. Lo segundo, estaba claro. En el último instante me colaron sin cita y en esa habitación llena de aparatos con pitidos estridentes, saltando alarmas en colores, sola, tumbada en una silla de dentista pero con la boca tapada y los ojos como platos, se apagó la luz. Oscuridad. La nada. Esa onda verde inofensiva te hace mover los glúteos y pensar en el maldito “y si…”. Ese momento se hace eterno a pesar de no alcanzar el segundero a dar una vuelta completa al brazalete del Cartier. La cuadratura del círculo. El doctor estaba igual, parecía que había hecho un pacto con el diablo. Negociar una eterna juventud no lleva más allá que el escaparate de sentirte joven. El peligro tiene un recorrido corto. El precio de determinados favores, sin embargo, supone en ocasiones la condenación eterna del alma. Quien la vende al demonio es capaz de deshacerse de cualquier cosa. No hay escrúpulos. Acostumbrada a tener una vida de bazar, de regateo, no rebajo mi dignidad. Con eso no se hacen tablas. No hay envite. Media hora entre sombras me dieron para mucho. Salí de allí con las pupilas dilatadas, medio sonámbula, pero firme. Siempre erguida. Cuando se apuesta con la lealtad propia de la transparencia y la dedicación, hasta el más insignificante peón puede comerse a la Reina, claro que a ésta, no ha nacido quien la devore todavía. Jaque pastor.

Con R de Reina.

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