Las tablas de la nueva ley

El Poliedro

05 de abril 2025 - 06:25

EL 2 de abril fue hace tres días, pero es ya una fecha histórica. El presidente de Estados Unidos enseñó al mundo las nuevas tablas de su ley de los intercambios por exportaciones e importaciones de su país con el resto de territorios comerciales del mundo. Como un Moisés arancelario, mostró unas tablas que regirán los nuevos precios cruzados (hasta un millón y medio de billones de dólares más de tariffs que así es como llaman en inglés a los aranceles). No hablamos de billones “de los suyos”, sino de “los nuestros”, que son mil veces más dinero. Un arancel no es más que un tributo que se impone a una mercancia objeto de importación o exportación. Los impone quien importa. Se supone, no cabe otra, que los aranceles tienen sentido o siquiera existen porque un país necesita o sencillamente consume y compra productos y servicios de otros países, sea porque carece de ellos en cantidad suficiente para su demanda y consumo interno, sea porque comprándoles fuera les resultan más baratos. Y esto se va a acabar: la tremenda subida de aranceles USA del 2 de abril encarecerá tanto ciertas mercancías que su exportación y venta desde el exterior no saldrá a cuenta, porque no habrá quien las quiera comprar. A bote pronto, las consecuencias de esta nueva enorme inflación de las balanzas exteriores retraerán el consumo, la producción, por supuestos las exportaciones e importaciones, y retraerá la economía de forma drástica, y por tanto la inversión y el empleo de muchos países. Cientos de miles de nuevos parados vendrán de inmediato. Las predicciones de PIB de todos los países de la Unión Europea han saltado por los aires como en la voladura de una cantera. Una auténtica revolución económica, sólo un poco más capitalista que la comunista rusa de 1917, y permitan la radical comparación, pero es que un arancel tiene de libre mercado muy poco. Escuché a un economista de una cadena de radio de inamovible fe liberal –antiestatalista nato, o sea– proponer que todos hiciéramos como Vietnam, que va a eliminar todos los aranceles a las importaciones de EEUU para que, por caridad, se los eliminen a ellos al exportar allí. O sea, que los aranceles no son puro proteccionismo, sino un mecanismo para crear el grial de la libertad y la felicidad económica. Hay que lo grande que es la fe.

Nunca se me hubiera pasado por la cabeza que la Unión Europea estafaba comercialmente a Estados Unidos, como afirmó Donald Trump hace un par de días. Antes del tsunami arancelario desencadenado por el presidente americano, más bien me resistía a pensar lo contrario, o sea, que USA era el imperio y, como suele decirse, la banca que siempre gana: que sus preponderancia empresarial y financiera, su PIB y su cuadro macroeconómico no sólo eran algo poderosos fuera de toda duda, sino lo dicho, imperial. Que los débiles éramos los demás, o por lo menos que no lo era Estados Unidos. Que, sin ser estafadoras que uno dijera, las grandes empresas del mundo, a mucha distancia de cualquiera otras de otros países, son estadounidenses. Y que el poder militar de ese país que creíamos nuestro paraguas bélico, y que de repente ha mutado en tratante de mulas planetario y enemigo directo, tiene ojivas nucleares y satélites y datos como para crujirse a quien quisiera cuando quisiera. Pero qué va, en qué estaría uno pensando. Estafadores y sanguijuelas todos, empezando por la Europa comunitaria. Eso ha proclamado, con ese estilo inefable tan suyo, Trump apoyado en una tabla llena de números comparativos de sus aranceles con los que se suponen que se les imponen desde el resto del mundo, en la que demostraba, con menos papeles que una liebre, que su balanza arancelaria respecto a un largo inventario de territorios comerciales, ya enemigos o estafadores, era una estafa.

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