Al Kilimanjaro con muletas

El almeriense José Antonio López entiende su vida como un continuo reto para plantar cara a la polio, enfermedad que sufre desde pequeño y le afecta a las piernas

Sufre una minusvalía del 65%

La expedición almeriense realiza un baile tanzano tras ascender el Kilimanjaro

Sonaba el risueño Hakuna Matata al final de etapa. Era el cántico con el que los tanzanos querían sacar una sonrisa a los extenuados senderistas. Un empujón, si cabe, de cara al próximo tramo. Había cansancio. Pero cuando se atisba la cima del Kilimanjaro, no hay desaliento, sabes que vas a tocar algo casi imposible para la mayoría de los mortales. Los que se lo pierden.

Y allí, presente, el almeriense José Antonio López Salvador, cumpliendo un anhelo, como ya ha hecho otras tantas veces, en el Himalaya, por ejemplo, o contemplando el Everest desde el campamento base a más de 5.545 metros de altura. Él fue quien organizó una expedición de 12 almerienses. Y él fue el primero. Partió de noche, algo antes que el resto, y en torno a 12 horas después ya estaba en lo más alto.

José Antonio en otra expedición al Himalaya.-
José Antonio en otra expedición al Himalaya.-

Subir montañas ¿Por qué? Es la eterna pregunta del que mira como espectador y quizás también de aquellos que se dejan el físico. Agotados, sumidos en el dolor, probablemente arrepintiéndose. La respuesta es simple. ¿Por qué subes montañas? Pues porque están ahí. Y están para todos.

“Mi discapacidad solo está en tus ojos, no en mi espíritu”. Eso opina José Antonio López Salvador, un almeriense que se ha recorrido España y medio mundo para ascender a los picos más altos. Su último reto, hace apenas unas semanas, ha sido la subida al Kilimanjaro, un mastodonte de 5.895 metros, situado al norte de Tanzania.

José Antonio hace que el resto, esos que presumen de anatomía helenística, parezcan hormigas desde sus logros. Sufre poliomelitis desde pequeño, vulgarmente conocida como la polio, una enfermedad que afecta al sistema nervioso y termina por debilitar ciertas partes del cuerpo, a José le hizo mella en las piernas, pero no le ha sido impedimento alguno para ascender al Kilimanjaro, una cima mítica.

La expedición almeriense tras la llegada a la cima del Kilimanjaro.
La expedición almeriense tras la llegada a la cima del Kilimanjaro.

“En la cuerda somital del monte Kilimanjaro sobre los 5.800 metros sobre el nivel del mar. Atrás quedó la larga noche de fatigoso ascenso, el frío intenso que hizo titilar a las estrellas. Ante nosotros se abría la maravillosa cumbre del techo de África, olía la cima cercana y las lágrimas fluyeron calientes, espontáneas, abundantes. Me sorprendí a mí mismo con un volcán de sentimientos. Aquellos que se logran con el ahínco y el tesón que te otorgan los sueños. Aquellos que son parte de una voluntad férrea y que se liberan ante la consecución de un reto formidable”. Son palabras escritas por José Antonio momentos después de llegar a la cima.

Cinco jornadas de subida y tres de bajada, cada una de ellas inolvidable. Elegimos subir por la cara norte, ruta Rongai, la más montañera, solitaria, salvaje, y bajar por la ruta Marangu, haciendo una travesía del monte Kilimanjaro. Decenas de kilómetros y miles de metros de desnivel positivo nos esperaban”, explica. José Antonio tiene 52 años residente de Aguadulce. Su único vicio es el senderismo y no exagera cuando dice que ha visitado medio país en busca de rutas, cada cual más bella, cada cual más complicada.

En el paso del Chola 5.400 msnm comunica los valles del Khumbu  y Gokyo
En el paso del Chola 5.400 msnm comunica los valles del Khumbu y Gokyo

Tiene su mérito, aunque él se empeña en decir que no. Este senderista, que al mismo tiempo trabaja como director de área en el servicio de ambulancias Quevedo, camina para alargar la vida. Necesita que sus músculos estén en forma y no va a dejar de hacer deporte hasta que la edad se lo impida. No pudo hacerlo en su infancia, la cual transcurrió en Instinción, donde vive en la actualidad. Era una época en la que la polio estaba prácticamente erradicada, pero José no pudo frenarla. Así que antes de que ella se apropiara de él, sucedió lo contrario.

Entonces, los refugios de montaña, en los que en algunas ocasiones ha llegado a pasar miedo por su oscuridad y frialdad, son los únicos que hacen que este aventurero se conceda un respiro. “Hacer senderismo me ayuda en muchos sentidos. Es una pasión, es lo que más me gusta. Y no lo considero un mérito, es una forma de echar el tiempo en algo que crees que merece la pena. Como la mayoría de la gente dice en estos casos, hay que sentirlo, y no es un tópico. Me da igual el lugar. Andando soy igual de feliz en Los Pirineos que en Cabo de Gata. Algunos sitios son más bonitos que otros, pero lo para mí cuenta es disfrutar”, afirma. Aunque para José todos los rincones tienen su encanto, su lugar favorito es el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, en Aragón. “Es un lugar rico en todo. Vegetación, fauna y sobre todo paisajes de los que deberíamos sentirnos orgullosos, pues los tenemos muy cerca”. Este almeriense, además de amante de la naturaleza, es un conocedor de todo lo que la envuelve.

Junto a la Catedral de Santiago.
Junto a la Catedral de Santiago.

Gracias a esta forma de ocio, pero también de vida, José puede dar rienda suelta a otras de sus pasiones: escribir. Se ha aventurado en la tarea de contar sus hazañas a través de Internet. Sube sus reportajes gráficos e intenta darles vida explicándolos mediante la poesía, pero también los narra. Este es un hombre sin límites, que sorprende y se sorprende. Todo un todo terreno de esta vida.

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