Mayas y Cruces en Almería (y II)

Crónicas desde la ciudad

Mayas y Cruces en Almería (y II)
Mayas y Cruces en Almería (y II)
Antonio Sevillano / / Historiador

06 de mayo 2012 - 01:00

CON galanura y simpatía, las numerosas jóvenes que encarnaban la figura de las primitivas Mayas en los barrios y centro de la ciudad, aumentaban el colorido y belleza de las Cruces almerienses dispuestas al llegar el mes de mayo. Sin embargo, comenzaron en ceder en número y realce al contrario de lo ocurrido en Granada y Córdoba, convertidas actualmente en un atractivo turístico de primer orden e importante fuente de ingresos al sector hostelero. De ser piropeadas y motivo de admiración, los periódicos, ya a finales del XIX, pasaron a criticarlas:

Han comenzado las mayas y los niños a asaltar sin compasión al transeúnte, a quien gritan con atiplada y penetrante voz el clásico refrán, obligándolos a cambiar de derrotero y salir despavoridos:

Un chavito para la maya

que no tiene mantón ni saya.

Un claro ejemplo de la época es ela editorial publicada en 1899 por el bisemanal El Ferrocarril, aunque menos ofensiva que otros diarios y semanarios en que las críticas más suaves eran las de mamarrachos, molestas, pedigüeñas, burlonas e insolentes con quien no colaboraba rascándose mínimamente el bolsillo:

CRÍTICAS Y BANDO

De las de antaño a las de hogaño, hay diferencia grandísima. No necesitamos decirles lo que son las Mayas de hoy: al volver de cada esquina las tropezamos todas estas tardes, importunando a los transeúntes con su demanda de una perrilla y molestándolos con sus ridículos adornos.

Antes era la Maya la soltera más hermosa del barrio, elegida de común acuerdo por los mozos y mozas. En la puerta de su casa se plantaban grandes ramas y durante la noche que precedía a la fiesta, las rondas tocaban y bailaban, mientras las muchachas cosían las galas que la favorecida había de lucir. Al día siguiente, seguida de lucido cortejo, se dirigía al trono, llamado la sillita de la Reina; y una vez sentada en él, daba comienzo la danza y el trasiego, pues es fama que aquella buena gente no hizo ascos al dulce pardillo ni al rico peleón que corría a cántaras alegrando la fiesta…

Incluso hubo gacetilleros que pasado el tiempo (1928) exigieron al alcalde Rovira Torres que pusiese en práctica el Bando contra la Mendicidad dictado por su antecesor en el cargo años atrás e inspirado en el de su homónimo de Madrid. Y a todo esto, la prensa arrogándose una autoridad que no poseía: sin recabar previamente la opinión de los ciudadanos ni de sus propios lectores:

Queda terminantemente prohibido pedir limosna en la vía pública con ocasión de la Cruz de Mayo (…)

Las personas que contravinieran la anterior disposición, serán consideradas como mendigas y conducidas por consiguiente al Ayuntamiento (…)

Si los pedigüeños o pedigüeñas fuesen menores de edad, serán responsables los padres o tutores; los que serán también conducidos a las Casas Consistoriales para pagar las multas que se les impongan.

D. FEDERICO DE CASTRO

Veamos ahora una valoración bien distinta del mismo ritual pagano-religioso de primavera. Corresponde al almeriense D. Federico de Castro Fernández (Almería, 1834-Sevilla, 1903): catedrático de Metafísica e Historia de España, rector y decano de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Sevilla, bibliófilo y pionero junto a Demófilo -padre de Manuel y Antonio Machado- en los estudios de antropología y folclore andaluz. Publicado en la mensual Revista de Almería (julio, 1883), editada por D. Mariano Álvarez, suegro de Carmen de Burgos "Colombine", su artículo La Maya es todo un culto y lírico alegato por la tradición en lance de desaparecer, además de una profunda reflexión sobre la suplantación que hace la Iglesia de los antiguos ritos paganos por otros, actualizados, de significado cristiano. Dado su interés y lo mínimamente referenciado, reproducimos los párrafos más periodísticos:

¡Singular tenacidad la de las ideas religiosas!

Cambian las ideas y se conserva el símbolo; arrójase el ídolo de las conciencias y del altar, y el pueblo continúa reuniéndose como antes en los lugares que dejó desiertos; pasan las generaciones… gentes de diversa procedencia sustituyen a las antiguas, y en los mismos tiempos celebran idénticas ceremonias. Nadie conoce ya su sentido; todos ignoran su origen: más ¿qué importa? Trata de suprimirlas y las personas cultas se disgustan, la plebe murmura y se subleva. Apelad a lo más íntimo del espíritu; mostrad la abominación que encierran y la más tímida doncella y el niño más inocente, y el fanático más preocupado, desafiarán vuestras censuras y vuestra excomunión. Las religiones positivas se han transmitido sucesivamente en sus templos, sus fiestas y sus ritos

(…) Griego y romanos santificaban el principio fecundador de la naturaleza en la primavera, celebrando alegres y magníficas fiestas en honor de Maya o Flora. También solían representarlo mediante el mayo vestido de hojas, costumbre que, como de la que vamos a ocuparnos, se conserva todavía en algunas provincias de España. El cristianismo no podía divinizar la naturaleza, pero ¿cómo destruir en un momento prácticas seculares? Al frondoso tronco del mayo se sustituyó con (el) seco y desnudo árbol de la cruz: a la regeneración anual de la vida en la naturaleza la regeneración moral del espíritu, mediante el sacrificio cruento del Hombre-Dios.

(…) Mas el primer sentido no fue por esto completamente abandonado por el pueblo. Pudiera en verdad causar maravilla que en la más católica de las naciones latinas, después de diez y nueve siglos de Cristianismo, y a pesar de la oposición inteligente de la Iglesia, subsista todavía una festividad pagana, en la que se conserva el nombre de la diosa, y casi los mismos ritos. Y, sin embargo, es un hecho fácil de comprobar. Cualquiera que en las tardes del primer día de mayo transite por las calles de la ciudad de Almería, donde tuvimos la dicha de nacer, muy luego tropezará en esquinas o portales con improvisados templos. Allí, sobre un altar cubierto de damasco o de otras vistosas telas, una hermosa niña, elegantemente vestida, cubierta y circundada de aromosas flores, escucha los cánticos que coros de doncellas, asimismo de elegantes guirnaldas coronadas, con las manos entrelazadas formando un gracioso círculo, entonan en su derredor con paradas que asemejan a la estrofa, anti-estrofa y épodon de las odas griegas… Más lejos otras, con pintadas bandejas o platos cubiertos con hojas de rosas, persiguen a los transeúntes con esta perpetua y sacramental cantinela:

Un cuartito para la Maya

que no tiene manto ni saya

Rara vez, sin embargo, se encuentra doncella crecidita que quiera hacer el papel de la diosa; es axioma constante, por más que los hechos no vengan siempre en su abono, que la que cae en tamaña tentación tendrá que renunciar a los goces del matrimonio y de la familia. Dos días después cambia la escena y las sacerdotisas de Flora se convierten en adoradoras de Jesús. Engalánase el Sagrado Madero; cúbrense las misma paredes de los portales de telas, espejos y hojas. Las mismas flores, los mismos cantos, las mismas bandejas y parecida demanda, solo que entonces se demanda para la Cruz…

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